Durante el gobierno progresista de Gustavo Petro, los debates sobre la educación han tenido diferentes momentos, desde recoger en un inicio las banderas históricas del movimiento estudiantil sobre una reforma estructural del modelo educativo, posición que se fue desnaturalizando progresivamente en la misma medida en que el gobierno cedía ante las negociaciones y pactos con los sectores oligárquicos tradicionales hasta llegar a lo que se presentó a finales del año pasado como una gran conquista: la reforma parcial de la ley 30 de 1992, específicamente los artículos 86 y 87 que regulan el esquema de financiamiento, sin tocar ningún otro aspecto del modelo educativo.
La reforma a la educación ha tenido la misma suerte de todas las aspiraciones de transformación que los sectores sociales depositaron en el proyecto progresista, es decir, terminaron diluidas en pequeñas reformas tímidas, superficiales y populistas, que en nada tocan la vieja estructura de poder. Con este análisis no se pretende negar la importancia de un fortalecimiento económico, muy necesario, para las universidades públicas, pero sí se busca poner de presente que esta reforma mínima, por sí sola, no solamente no soluciona, sino que profundiza la crisis del actual modelo educativo, diseñado y construido para la reproducción de un sistema económico y social basado en la explotación, el despojo y la destrucción.
Cuando se plantea una reforma estructural, se parte del reconocimiento de que la educación no se desarrolla como una esfera aislada del conjunto de la sociedad, por lo que su implementación está determinada en las dinámicas de poder, lo que implica que en esencia se configura como un campo en permanente disputa, una incesante pugna en la lucha de clases. Por tal motivo para reflexionar sobre la educación es necesario ubicarse en el interrogante: ¿Educación para quién?

No es necesario profundizar demasiado en un análisis para entender que el funcionamiento del actual modelo educativo se enmarca en la consolidación de una sociedad capitalista, marcada por una creciente precarización y alienación de las mayorías trabajadoras; por ello su mejor resultado es la producción de profesionales incapaces de comprender su propia realidad, desconectados de su comunidad, y sin las herramientas para formular alternativas de desarrollo colectivas que superen la dominación impuesta por el capital.
La ilusión inoculada en el sistema educativo consiste en pensar que el sólo ejercicio de repetir ideas hasta adquirir un título profesional es una garantía para alcanzar una vida digna: un camino solitario en el que alcanzas el “éxito” cuando pasas por encima de los demás. Esta fantasía se sustenta en pilares axiológicos ampliamente reproducidos en la educación y que han entrado a formar parte protagónica en el sentido común de las mayorías: el individualismo, el egoísmo, el conformismo, la competencia. Estos antivalores no son inocentes, por el contrario, corresponden a la sustitución del pensamiento crítico por la dominación ideológica de la clase dominante, encaminada a eliminar toda posible fuente de conciencia de clase que impulse la organización por la emancipación de los pueblos
No resulta extraño que el progresismo se haya apartado de esta lectura, pues ha quedado claro que ese proyecto renunció a los ideales de transformación social para dedicarse al cálculo electoral y a buscar las prerrogativas de la clase dominante. La contradicción fundamental es pensar que la democracia y el capitalismo son compatibles, que las reformas parciales pueden “humanizar” a un sistema económico que lleva la devastación en su esencia.
Ante ese escenario, desde las bases del movimiento estudiantil se siguen levantando las banderas de una reforma estructural del modelo educativo, con acceso universal a todos los niveles educativos, con autonomía y democracia para que la clase trabajadora dirija la educación para su liberación, con bienestar para garantizar la permanencia, con calidad para garantizar la pertinencia de la educación en el territorio, para construir un modelo educativo desde la dignidad de un pueblo que no se resigna a la destrucción en nombre del dinero, una de educación diseñada para el pueblo.
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